viernes, 8 de diciembre de 2017

La llamada de las tres. Parte II.


                ¿Oiga? La voz de su padre, más suave y menos firme de lo que recordaba la volvió de golpe a la realidad. Disculpe, sr. Martín. ¿Le llamo en mal momento? Si Anastasio -llámame Tassio-, su supervisor, la oyera, la despediría en ese mismo momento. Eso era lo opuesto a lo que estaba en el manual del comercial, la Sagrada Biblia de esta empresa, y que todo empleado tenía que saberse de memoria. Afortunadamente eran las tres, la hora del almuerzo de Tassio, y aunque las llamadas se grababan, no recordaba que nunca, nadie, las escuchara y al mes se borraban. Mi niña, ¡cómo me va a molestar una chica tan simpática! Claro que sé que eres simpática; y guapa también. Alguien que tiene una voz tan hermosa no puede ser de otra manera. Pero no me llames sr. Martín, mi niña, llámame Juan a secas. O mejor aún,  Juanito. Así me llaman todos. O bueno, me llamaban, ¿sabes, mi niña? Ya nadie me llama y yo hace tiempo que no salgo. La diabetes, cariño, me dejó sin piernas. De hecho, estaba pensando darle de baja al teléfono, ¿para qué lo necesito si nadie me llama?, y mira por dónde, va y me llama una chica tan dulce y buena como tú. ¿Oye, te pasa algo, preciosa? No me has dicho aún  tu nombre. Su nombre, su nombre... Durante un instante estuvo a punto de decirle su verdadero nombre, pero era su padre, estaba mayor, puede que enfermo, pero no era estúpido. Nunca lo fue, así que decidió decirle cualquier otro nombre. Alicia, le dijo, me llamo Alicia.
(Continúa)

jueves, 7 de diciembre de 2017

La llamada de las tres. Parte I.

           

                  ¡Otro que colgará apenas empiece a hablar con él! Sin embargo, a pesar de estar segura de que la dejarían de nuevo con la palabra en la boca o, peor aún, que volvería a escuchar algún insulto sobre su familia más  directa, continuó marcando el número que  seguía en aquella lista que parecía no disminuir jamás. Este trabajo es sencillo pero exige constancia, le dijeron el primer día, apenas un mes atrás, aunque a ella le parecía que llevaba años marcando números de desconocidos. Es como picar piedra en una mina, aseguraba Anastasio -llámame Tassio- su supervisor. Hay que picar sin desanimarse hasta encontrar la veta, y entonces verás cómo todo es más fácil. ¡Y una mierda más fácil, pensó suspirando mientras terminaba de marcar la ultima cifra de aquel numero de móvil. 
          La voz que contestó le resultó  ligeramente conocida, pero fue al presentarse y preguntarle su nombre, Juan Martín, para servirla, señorita, cuando notó que se mareaba. ¡Veinte años sin saber de su padre, sin oír su voz, sin apenas pensar en él,  y ahora lo tenía al otro lado del teléfono! Por un momento estuvo tentada a ser ella, esta vez, quien colgara. Pero no lo hizo. ¡Su padre! A veces, cuando estaba de bajona, pensaba en él, en si aún seguiría vivo allá, en el pueblo que vio nacer y morir a su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, donde nació su padre y donde, estaba absolutamente segura de ello, moriría algún día si no había muerto ya. Pero no. Aquel era su padre y seguía vivo.
(Continúa).

lunes, 4 de diciembre de 2017

El viernes.


                      Todos los viernes está sentado en el escalón de la entrada esperando a que abra. Lleva años así.  Pues no, amigo, no sabría decirle cuántos, pero muchos, seguro. Y luego el mismo ritual: se sienta en el pretil que rodea la lápida, la limpia con el mayor esmero y luego se sienta a hablar con el difunto, a leerle los artículos más interesantes de la prensa e incluso, en Navidad, se trae una cestita de picnic y come con él. Más de una vez me he acercado con el disimulo de quitar las hojas muertas que se caen de las tumbas cercanas para evitar que la gente resbale y se caiga. Es la ventaja de ser el cuidador del cementerio. Entonces se calla, baja la cabeza, y espera pacientemente a que yo me aleje. Ahí está lo mejor de esto, amigo, ahí estará el quid de su artículo, en el nombre del difunto. No crea. A mí también me picó la curiosidad, pero tardé bastante en saber la verdad, y para ello tuve que preguntarle al de la funeraria un día que hubo dos entierros y estuvo un rato esperando al segundo. Agárrese que la cosa tiene miga. ¡La tumba está vacía y el nombre que está grabado en la lápida es el suyo! Como se lo estoy diciendo. Luego me fui enterando de la historia completa. Al parecer, cuando se divorció de su mujer, todo el mundo dejó de hablarle. Sus hijos le repudiaron y hasta sus hermanas dejaron de dirigirle la palabra. El pobre hombre...¿Cómo? Oiga, no, no sé qué hizo ni qué  dejó de hacer. Solo sé que ese pobre infeliz me inspira piedad. Bueno, ¿sigo o no sigo con la historia? Que a mí me da igual que usted tenga o no ese artículo con el que lleva tiempo volviéndome loco. Pues eso, que sigo. Como le decía, el pobre hombre se deprimió tanto que tuvo que ir al psiquiatra y este le aconsejó que si se sentía muerto que enterrara su anterior vida y con ella su yo de hasta ese mismo día. Y él siguió al pie de la letra el consejo. Compró una tumba, encargó una lápida, y como le digo, que cada viernes está  esperando a que yo abra el cementerio para contarle a su yo muerto todo lo que le pasa a su yo vivo.  ¿Loco? Pues puede que usted tenga razón y al pobre le falte algún tornillo, pero a mí me trata con más educación y amabilidad que muchos de los otros cuerdos que vienen de vez en cuando por aquí. Y otra cosa le digo amigo, que ojalá a mí, mi familia me trate con el cariño y respeto que él trata a su difunto. ¡Y qué si dentro de la tumba no hay nadie, carajo! Él  rinde tributo a quien fue y que, al morir, aunque sea de manera virtual, dio paso y vida a quién es ahora. ¿Eso es de locos? Sí, claro que puede usted publicar mi opinión citándome y hasta usar mi foto para el artículo. No es usted el primero que me mira como si estuviera chalado cuando se la cuento, así que lo comprendo. Y ahora perdóneme, pero tengo más cosas que hacer que perder la mañana con un periodista listillo que se cree por encima de los que entrevista porque viene de la ciudad y esto es un pueblo pequeño del interior.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El paciente.


                        Los médicos no paraban de decírmelo: Ramón, cuídate, mira que toda tu familia ha muerto por problemas cardíacos, no te dejes ir. Y yo no me dejaba ir. Dejé, eso sí,  de comer carnes rojas, fritos, salado, grasas... Empecé a hacer deporte. Primero apenas eran pequeños paseos a paso vivo por el barrio.  Después empecé a correr distancias cortas.  Bueno, correr, más bien era un trote borreguero,  es verdad, pero al menos era algo, ¿no? Pero los médicos insistían: Ramón,  hay que cuidarse,  hombre, que ese corazón cualquier día nos da un susto. Recuerde cómo murieron sus padres o sus tíos, de infarto, ¿no? Venga, a cuidarse, hombre.  Y yo ya no sabía qué hacer. El tabaco lo había dejado hacia años y el poco alcohol que me permitía tomar era una caña algún fin de semana de verano o una copa de tinto -y solo una- en alguna fecha muy señalada y siempre en el almuerzo o en la cena. Del whisky o del ron ya no recordaba ni el sabor; ni creo que hoy en día pudiera tomarme una copa de ellos sin sentir arcadas. Pero ellos, los médicos, seguían con su cantinela: Cuídese, Ramón, cuídese. Hoy encontré la solución definitiva. Estoy seguro de que a partir de ahora nunca más volveré a escuchar esa cantinela . Hoy leí en una publicación sobre las cosas en las que nadie cae pero que son responsables, en silencio, en la sombra, una buena parte de los infartos que acaban en la muerte del paciente,  y entre ellas estaban las caries mal cuidadas. Vi la luz. ¡A eso se referían sin duda los médicos cuando insistían tan cansinamente con lo de cuidarme! Pues bien, ya nunca más me lo podrán decir, pensé sonriendo mientras miraba el tarro con todos los dientes que me acababa de arrancar con el alicate rojo. Elegí ese porque pensé que así la sangre se notaria menos. Me equivoqué. Había mucha sangre; sangre por todos los lados y me dolía terriblemente la boca. Traté de mantener la sonrisa pese a que los labios, hinchados, casi la convertía en una mueca tétrica,  pero quería que los médicos que venían en la ambulancia supieran que me había costado pero que al fin los había entendido. Ya nunca más me tendría que preocupar por morir de infarto. Seré el primero de la familia en hacerlo desangrado. Pero eso no se hereda. En realidad,  pensé mientras me desvanecía para siempre, acabo de romper la maldición de la familia y mis herederos ya no tendrán que oír eso de: recuerde, todos sus familiares han muerto de infarto.  Solo pude decir eso: yo no, a los médicos que se bajaron corriendo. Yo no. Espero que ellos no tarden tanto como yo en entender el mensaje.

lunes, 23 de octubre de 2017

El Corte.



            A mi grito de "¡siguiente!", entraste. No sé si no me reconociste -treinta años dan para mucho y cambia el aspecto de cualquiera- o bien optaste por hacerte el loco. Te observé de un solo vistazo y me dolió el alma. Allí estabas tú, con un Rolex made in China destellando en tu muñeca, vistiendo un traje gris que me dio la impresión de que era donado o prestado, vaya usted a saber por quién; con unos zapatos que, evidentemente, eran más pequeños del número que gastas y una camisa dos tallas más grande de la que necesitas y en la que llevabas anudada impecablemente, eso sí -siempre fuiste muy quisquilloso con esos detalles- una corbata con la punta algo desflecada que tratabas de mantener escondida abotonando la americana. Menos mal que ahora están de moda los hippster, debiste pensar. Al menos yo así lo hice al ver la barba de semanas que lucías. ¡Y gracias a que en El Corte Inglés sigue siendo posible ponerse un buen perfume con la excusa de que lo estás probando antes de decidirte a comprarlo! Porque a la vista de cómo vestías, supongo que el último dinero que destinaste a perfumería fue ya hace mucho tiempo. Desde luego, vestido y arreglado de esa manera no serías portada del Esquire, pero nadie podría negar que estabas haciendo todo lo posible por salir de la charca inmunda en la que chapoteabas y en la que debías vivir desde hacía algún tiempo. Mientras cruzábamos las típicas frases de cortesía en el saludo me preguntaba qué diablos te habría pasado y, sobre todo, qué demonios buscabas allí. Evidentemente la primera respuesta a esto último era simple: el puesto de trabajo que la empresa ofrecía. Pero eso es como decir que almorzabas un bistec; era una respuesta correcta pero incompleta. Normalmente el bistec va acompañado por otros alimentos y tú, Alberto, al que solíamos llamar "el Grande", buscabas algo más que una simple nómina a fin de mes. O tal vez no. Tal vez las cosas eran más simples y lo único que buscabas era comer tres veces al día.
             Durante un segundo dudé entre darme a conocer o no. Al fin y al cabo, tú, Alberto el Grande, Marín, Alba y yo fuimos durante tantos años el cuarteto más famoso de la facultad. Sin embargo, algo me decía en mi interior que no lo hiciera y, por primera vez en mi vida, hice caso de esa vocecilla que siempre estaba tocándome los cojones. Bien, usted dirá, te pregunté casi a bocajarro apenas nos saludamos y te acomodabas en la silla.  Sudabas. Tú jamás sudaste, pero ahí estabas ante mí, con casi cincuenta años y el tufillo que siempre acompaña a los fracasados. Es un olor peculiar pero que, por mi trabajo, reconozco incluso con los ojos cerrados. Te liaste a hablar diciéndome no sé bien qué sobre planes, proyectos, metodologías y no sé qué más papanatadas. En el fondo buscabas un milagro. Estaba seguro. Aunque ni siquiera tú lo supieras de manera consciente: buscabas un milagro. Porque solo un milagro te devolvería a la vida. No, no exagero; respirabas, te movías, comías (seguro que poco y mal), bebías (¿habías vuelto al alcohol?, sinceramente, no me gustaría), llorabas y reías (seguro que más de lo primero) y sudabas (Dios, ¡cómo sudabas!), pero en realidad eras un cadáver.  Mientras hablabas revisé tu CV. Estaba lleno de fallos, incorreciones, mentirijillas y exageraciones. Vamos lo que uno espera ver en un CV. De repente estuve a punto de decirte que Alba estaba bien, mejor que bien. Que estaba de puta madre. Que hacía lo que quería con su vida. Que había abierto un atelier de decoración muy  chic y que se codeaba con el must de la sociedad madrileña y que jamás te nombraba, pero no lo hice. Sí, siempre fui un cabrón sin sentimientos, pero había algo en ti, tal vez tu mirada, antes chispeante y ahora triste y apagada, o en tu voz, temblorosa a ratos, que me impidió darte la puntilla y humillarte allí mismo. No me preguntes por qué. Me estaré haciendo viejo, carajo, pensé mientras te pasaba al departamento donde ibas a estar un mes a pruebas. Puede que no superes ese mes, pero al menos en ese plazo comerás caliente y si eres lo suficientemente hábil como para no cruzarte conmigo o no demostrar que me recuerdas, tal vez, solo tal vez, sigas trabajando por aquí. Yo, por mi parte, tardé en olvidarte lo que tardé en gritar: "¡siguiente!", y fijar mi atención en un pibón de cara delgada, piernas infinitas y un escote donde podíamos perdernos la amargura que me dejó tu recuerdo y la mía propia, que siempre disimulaba detrás de una sonrisa bien ensayada, un perfume de calidad y una manicura de lujo.





jueves, 19 de octubre de 2017

El billete.


             Le costó mucho. En realidad tardó meses en decidirse, y al final, en una mañana sosa y aburrida de septiembre, lo hizo. Al principio se sintió mal, como si en vez de acabar de salir de la ducha estuviera sucio, sudado y desastrado. Subió al ascensor con la cara enrojecida por algo que no supo definir bien. Tal vez fuera vergüenza o tal vez ansiedad, y murmuró un "...días" apenas audible cuando Berta, la del 5º lo saludó en el ascensor. Le costaba poner los ojos en otra cosa que no fuera las puntas de sus carísimos mocasines de ante marrón. Justo hoy, cuando cumplía cincuenta tacos, se atrevió  a huir de su clásico y venerado gris o negro y se atrevió a mezclar blancos, rojos y marrones en las prendas que llevaba, se sacó la camisa del pantalón y, después del primer ahogo nervioso, se dio cuenta de que sin corbata se respiraba mejor. Va a ser verdad -pensaba- que hasta el más pintado cae en la tontería de la crisis de la mediana edad. Eso sí, jamás en su vida se sintió tan libre como esta mañana, vestido con una camisa de lino roja que por fuera de un pantalón de algodón blanco y sus queridos mocasines -esta vez marrones en vez de negros- sentado en la cafetería del aeropuerto, tomando una cerveza bien fría mientras miraba curioso los destinos que iban saliendo en la enorme pantalla tratando de decidir para cuál de ellos iba a comprarse un pasaje solo de ida.

martes, 17 de octubre de 2017

The runner



                    No pienses, no pienses, no pienses... Sobre todo nunca pienses. Sé listo: mantén la mente en blanco, compañero. Corría por la ciudad cuando aún no había amanecido del todo. Corría hasta que lo paraba la extenuación mientras en su cabeza repetía, con cada paso que daba, el mismo soniquete: no pienses, no pienses, no lo hagas, amigo. Solo respira y corre; solo corre y respira. Al principio lo único que escuchaba era el latido de su corazón que se iba haciendo más rápido y sonoro en la medida que corría más lejos o más rápido, pero después empezó a correr escuchando música para acallar cualquier pensamiento. Siempre deseó saber tocar algún instrumento, pero no tardó en renunciar a ello. Dios o la vida le regaló dos hermosas orejas, solía decir medio en broma medio en serio, pero ningún oído para la música. Las calles pasaban cada vez más y más deprisa dejando atrás, al mismo tiempo, casas, coches, personas, árboles, pero por más rápido que corriera, no lograba dejar atrás esa melancolía que lo tenía preso ni la sensación de que, hiciera lo que hiciera, decidiera lo que decidiera, acabaría equivocándose se nuevo. Por eso su mente repetía una y otra vez aquello de corre, corre y no pienses, sobre todo no pienses. Corre, solo corre; más rápido, más lejos, hasta que logres olvidarla de una santa vez o al final caigas reventado. Su mente siempre fue más fuerte que su corazón, el mismo que ahora amenazaba con explotarle en mil pedazos dentro del pecho. Vamos, se dijo de nuevo, vamos, más rápido, más lejos, y sobre todo, no pienses, nunca pienses, solo corre, compañero; solo corre.